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Xisco Barceló |
INSTRU-MENTS
por Xisco Barceló
Los frutos con los que había experimentado desprendían notas y sones que poco
a poco iban cubriendo espacios de la conciencia y de la inconsciencia. (Ya en
aquellas tempranas obras de Guillem, se podían escuchar de fondo las tonadas
que los tomates de ramillete y las madrugadas se dedicaban unas a otras.)
En sus átomos se constituía una orquesta que tenía que sonar desde un escenario
imaginario. Un contrabajo roto por la mitad, un piano de teclas metafísicas,
violines que liberaban colores de cada arpegio, trompetas que firmaban el origen
de la desproporción.
Tenía que llegar el día en el que Guillem conseguiría reblandecer el tacto del
papiro, en una gestación que superaría el perímetro de audición de las voces y
de los instrumentos.
Cada uno tenía que tener capacidad propia, la tenia que manipular, fragmentar,
cada cuadro se convertiría en un manuscrito, donde dejaría constancia del
itinerario y de la hegemonía de aquellas composiciones musicales. Podríamos
interpretar unas partituras hasta ahora inaccesibles. El vínculo tenía que poseer
la resistencia del cordón umbilical.
Los posos empezaron a esparcirse, a coger cuerpo, a ocuparse de cada uno de
los hilos del tapiz. Aquellas melodías habían germinado.
Me gusta la composición que Crespí i Alemany ha utilizado para poner título
a esta exposición, «Instru-ments», en que se reúnen los matices musicales y
la continencia mental. Me gusta que un día, entre el trabajo y la inspiración,
decidiera la incorporación desnaturalizada de estos elementos musicales, me
gusta saber que utiliza el pincel de rociar sentido, poder escuchar cómo suena
la meditación de un artista.
Para hacer una descripción del conjunto de obras que en esta ocasión presenta
Crespí i Alemany, he querido convencerme de que nunca había visto nada suyo.
No podría repasar el inventario. Sabía que eso no era del todo posible, porque
conocía a Guillem desde mucho tiempo atrás. Así que me lo tomé como si fuera
una cita a ciegas. No vi ningún lienzo antes de presentarlo, me tenía que imaginar
cuál sería el atajo por el que pasaría el señor Crespí.
Cerré los ojos y me puse las manos delante para que no entrase nada de claridad.
Empezaron a aparecer puertas, todas de la misma medida y todas de color
blanco. Fui hacia la única que estaba señalada con la letra I. La abrí con prudencia,
mi mente cerró todas las otras de golpe.
La primera impresión que me invadió fue un impacto que había sentido de adolescente.
No tardé en entender que aquella atracción era la misma, equivalente,
que la del tiempo en que descubres las primeras sensaciones del amor. ¡Sí! Así
de simple. ¡Percibía la ternura de un beso a los quince años! Amor por aquellas
pinturas ilimitadas que desconocía, pero a las que me ataba sujetaba un hilo transparente.
Se me ocurrió un hecho vivido en su estudio. El ritual del artista ecualizando las
frecuencias de las aparatologías con los planetas de su ingenio.
Me había dejado influir por el resultado final.
La tinta jugando al escondite por los rincones de la pasta de papel. El óleo y el
acrílico se aliaban entre las abstracciones figurativas y las figuras abstractas.
Guillem había conseguido el efecto estético y expresivo. Había fabricado el anillo
para casar las artes musicales con la plástica.
¡Qué privilegio poder asistir al espectáculo!
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