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LA EDAT DE LAS MUSAS
Guillem Crespí propone un gesto de vanguardia: referirse con sus esculturas y sus cuadros a la música como objeto. Transita, pues, por un camino sin duda osado como el de crear un lenguaje plástico basado en la alusión a otra disciplina. Como primera impresión, su obra me trasladó hacia la contemporaneidad musical, en el sentido de plantear composiciones que otorgaran al instrumento el espacio central: un continente que acontece contenido, una existencia que se transforma en esencia. Así lo exploró, por ejemplo, John Cage con la idea de restar en silencio ante el piano (cuatro minutos, treinta tres segundos). Y, tal vez no exagero, si me parecen más poderosas y más exitosas las indagaciones de Guillem Crespí desde el retrato de un clarinete o desde sus esculturas sobre un contrabajo que algunos ejercicios pirotécnicos de la música de vanguardia.
El artista crea un perfecto equilibrio entre la rotundidad de las formas que evoca y una ligereza casi onírica, propiedad sin duda impulsada por el dominio del trazo y de la mancha, la sabia combinación entre una apuesta figurativa con espacios que deslizan la abstracción. Crespí nos atrae hacia un imaginario en que los avatares se traducen en formas de cultura, quizás inmergido en esta tendencia que reconoce como una sociedad avanzada sólo puede prosperar si coloca el discurso estético en el centro de sus pretensiones.
La sensibilidad artística acontece sujeto y objeto, la capa más elevada y más densa de los anhelos humanos, la infraestructura emocional de una comunidad y de sus códigos. Por eso, en una época en la cual planean todo tipo de incertidumbres sobre la actividad social, en que la economía o la política caen en la fractura y se encuentran desposeídas de su capacidad de aglutinar formas de organización colectiva, tal vez sea el momento de abrir a estas epifanías que Guillem Crespí hilvana como preludio de la edad de las musas en que el espectador disfrute, reflexione y cierre las heridas de las violencias que lo asedian.
En cada obra de las que se presentan, sea en la rimbombancia del dibujo, sea en la estilización de la forja escultórica, convergen las funciones de confort estético, de revelación y de transformación que se desearía buscar en toda aproximación artística. Sin duda nos encontramos ante una apuesta ambiciosa que nos proporciona nuevos lenguajes para nuevos tiempos.
Hèctor Bofill
Altafulla, octubre de 2009