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Palabras para acompañar la pintura y la escultura de Guillem Crespí
Carme Riera
Me pide Guillem Crespí i Alemany unas palabras para acompañar su exposición. Aunque su obra no necesita
ningún tipo de presentación y menos aún de aval, ya que por ella misma es importante y muy reconocida,
cumplo con mucho gusto el encargo, como admiradora de este pintor y escultor mallorquín.
Durante mucho tiempo, y en especial a finales del siglo XIX y principios del XX, una serie de pintores
nacionales e internacionales visitaron Mallorca atraídos, especialmente por la luz isleña, que intentaron
trasladar a sus cuadros. El interés por captar la luz es, a mi entender, el elemento que une, por ejemplo,
al grupo de pintores que se instala Pollensa -
mismos lugares y lo corroboran en sus telas, como Rusiñol o Mir. Tal vez, uno de los secretos esenciales
de la belleza es, precisamente, la luz que emana, una luz que también y tan bien sabe captar Guillem Crespí.
Crespí es de Santa Margalida, esto quiere decir del Pla de Mallorca, el pueblo -
ayuntamiento al que pertenece el desastre urbanístico de Can Picafort y Son Serra de Marina-
no ha sufrido la embestida turística que ha contaminado tantos otros y limitado la vida tranquila de sus
habitantes, la cual aunque bastante ligada a los trabajos y los días, juega a favor de la obra de nuestro
artista. En Santa Margalida tiene el estudio donde puede trabajar sin ruidos ni impedimentos, pendiente
sólo de convertirse en pintura y escultura su interpretación del mundo.
Si alguien me preguntara qué elementos son fundamentales en esta interpretación, diría que, dentro del
entorno que le ofrecen los frutos de la tierra que le rodea, tan presentes en su trayectoria, la música
desempeña un papel destacadísimo. ¿Cómo pueden la pintura y la escultura interpretar música? Crespí
resuelve su concierto pictórico ofreciéndonos los instrumentos de los que sale. Emplea sus formas con
el fin de evocar los sonidos que nos permitan disfrutar de la lectura de unos determinados pentagramas.
La interrelación entre las diversas artes han preocupado y ocupado a los artistas, y de manera especial a
los simbolistas que intentaron incluso organizar conciertos de olores. Yo creo que la voluntad pictórica y
escultórica de Guillermo Crespí no está lejos de buscar correspondencias entre las artes diversas y estas
correspondencias nuestros sentidos las captan de manera sinestésica, ya que de su pintura y escultura sale
música que sentimos con los ojos, mientras contemplamos su obra.
En la paleta de tonos de Crespí hay una preferencia por los colores de la naturaleza, los ocres, el pardo de
la tierra, los grises de los cielos del invierno sirven de trasfondo del objeto que se convierte en sujeto del
cuadro que a veces, podríamos considerar un bodegón si entendemos como tales la pintura de objetos de
tan larga tradición en el arte occidental.
Los bodegones a menudo tenían un sentido simbólico -
antecedentes, me refiero a los encontrados en las tumbas de los antiguos egipcios-
partir de la edad media con la presencia de algún elemento, bien fuera un cráneo o un animalito asqueroso
como un ratón, una mosca o un escarabajo, como podemos ver, por ejemplo en la pintura de Flegel, un
pintor que a mí me entusiasma -
inquietante , negativo o contaminador. Todo es efímero y caduco, nos advierte, y en consecuencia
nuestra existencia está amenazada, tal y como más adelante destacarán las “vanitas” que tantas veces
aparecen en la pintura barroca. En cierta medida viene a decir lo mismo que la sentencia clásica: latet
Anguis in herba, entre las flores latía la serpiente.
A partir del siglo XVIII, los bodegones que se siguen realizando van perdiendo las connotaciones simbólicas
o incluso alegóricas de la época barroca, y sirven a los pintores para destacar los objetos que los atraen y
al mismo tiempo experimentar con la técnica, construyendo y deconstruyendo. Pienso en Picasso, Braque
o Gris que también utilizaron instrumentos musicales, al igual que Guillem Crespí.
El juego con trasfondo, las técnicas mixtas, las líneas que sugieren los contornos de los instrumentos, que
a veces parecen flotar en una atmósfera mágica, son aspectos personalísimos que sitúan los bodegones de
Guillem Crespí en la historia del arte contemporáneo.
Carme Riera